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martes, 17 de julio de 2012

La grandeza en contrapocision a la grandiosidad Un Curso de Milagros



La grandeza en contrapocision a la grandiosidad 

Un Curso de Milagros
La grandeza es de Dios y sólo de Él. Por lo tanto, se encuentra en ti. Siempre que te vuelves consciente de ella, por vagamente que sea, abandonas al ego automáticamente, ya que en presencia de la grandeza de Dios la insignificancia del ego resulta perfecta­mente evidente. Cuando esto ocurre, el ego cree -a pesar de que no lo entiende- que su "enemigo" lo ha atacado, e intenta ofre­certe regalos para inducirte a que vuelvas a ponerte bajo su "pro­tección". El auto-engrandecimiento es la única ofrenda que puede hacer. La grandiosidad del ego es la alternativa que él ofrece a la grandeza de Dios. ¿Por cuál de estas dos alternativas te vas a decidir?


. El propósito de la grandiosidad es siempre encubrir la desespe­ración. No hay esperanzas de que pueda hacerlo porque no es real. Es un intento de contrarrestar tu sensación de pequeñez, basado en la creencia de que la pequeñez es real. Sin esta creencia la grandiosidad no tendría sentido y no la desearías en absoluto. La esencia de la grandiosidad es la competencia porque la gran diosidad siempre implica ataque. 


 El ego queda inmovilizado en presencia de la grandeza de Dios porque Su grandeza establece tu libertad. Aun la más leve indica­ción de tu realidad expulsa literalmente al ego de tu mente ya que deja de interesarte por completo. La grandeza está totalmente desprovista de ilusiones y, puesto que es real, es extremadamente convincente. Mas la convicción de que es real te abandonará a menos que no permitas que el ego la ataque. El ego no escatimará esfuerzo alguno por rehacerse y movilizar sus recursos en contra de tu liberación. Te dirá que estás loco, y alegará que la grandeza no puede ser realmente parte de ti debido a la pequeñez en la que él cree. Pero tu grandeza no es ilusoria porque no fue invención tuya. lnventaste la grandiosidad y le tienes miedo porque es una forma de ataque, pero tu grandeza es de Dios, Quien la creó como expresión de Su Amor.


 Desde tu grandeza tan sólo puedes bendecir porque tu gran­deza es tu abundancia. Al bendecir la conservas en tu mente, protegiéndola así de las ilusiones y manteniéndote a ti mismo en la Mente de Dios. Recuerda siempre que no puedes estar en nin­guna otra parte, excepto en la Mente de Dios. Cuando te olvidas de esto, te desesperas y atacas.


La verdad y la pequeñez se niegan mutuamente porque la grandeza es verdad. La verdad no cambia, siempre es verdad. Cuando pierdes la conciencia de tu grandeza es que la has reem­plazado con algo que tú mismo inventaste. Quizá con la creencia en la pequeñez, quizá con la creencia en la grandiosidad. Mas cualquiera de ellas no puede sino ser demente porque no es ver­dad. Tu grandeza nunca te engañará, pero tus ilusiones siempre lo harán. Las ilusiones son engaños. No puedes triunfar, pero estás exaltado. Y en tu estado de exaltación buscas a otros que son como tú y te regocijas con ellos.


Es fácil distinguir la grandeza de la grandiosidad, pues el amor puede ser correspondido, pero el orgullo no. El orgullo no pro­ducirá milagros, y te privará, por lo tanto, de los verdaderos testi­gos de tu realidad. La verdad no está velada ni oculta, pero el que sea evidente para ti depende del gozo que lleves a sus testigos, que son quienes te la mostrarán. Ellos dan testimonio de tu gran­deza, pero no pueden dar testimonio del orgullo porque el orgullo no se puede compartir. Dios quiere que contemples lo que Él creó porque lo que Él creó es Su gozo.


. Tú eres absolutamente irreemplazable en la Mente de Dios. Nadie más puede ocupar tu lugar en ella, y mientras lo dejes desocupado, tu eterno puesto aguardará simplemente tu regreso. Dios te recuerda esto a través de Su Voz, y Él Mismo mantiene a salvo tus extensiones dentro de Su Mente. Mas no las conocerás hasta que regreses a ellas. No puedes reemplazar al Reino, ni puedes reemplazarte a ti mismo. Dios, que conoce tu valía, no lo permitiría, y, por lo tanto, no puede suceder. Tu valía se encuen­tra en la Mente de Dios y, por consiguiente, no sólo en la tuya. Aceptarte a ti mismo tal como Dios te creó no puede ser arrogan­cia porque es la negación de la arrogancia. Aceptar tu pequeñez es arrogancia porque significa que crees que tu evaluación de ti mismo es más acertada que la de Dios.


Sin embargo, si la verdad es indivisible, tu evaluación de ti mismo tiene que ser la misma que la de Dios. Tú no estableciste tu valía, y ésta no necesita defensa. Nada puede atacarla ni pre­valecer contra ella. No varía. Simplemente es. Pregúntale al Espíritu Santo cuál es tu valía y Él te lo dirá, pero no tengas miedo de Su respuesta, pues procede de Dios. Es una respuesta exaltada por razón de su Origen, y como el Origen es verdad, la respuesta lo es también. Escucha y no pongas en duda lo que oigas, pues Dios nunca engaña. Él quiere que reemplaces la creencia del ego en la pequeñez por Su Propia Respuesta exal­tada a lo que tú eres, de modo que puedas dejar de ponerla en duda y la conozcas tal como es.

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