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viernes, 6 de septiembre de 2013

El hombre es la más elevada de las criaturas. La mujer es el más sublime ideal.

El hombre es la más elevada de las criaturas.
La mujer es el más sublime ideal.

Dios ha creado para el hombre un trono, para la mujer un altar.
El trono exalta, el altar santifica.
El hombre es el cerebro – la mujer el corazón.
El cerebro recibe luz, el corazón recibe amor.
La luz fecundiza, el amor resucita.
El hombre es fuerte por la razón, la mujer es invencible por sus lágrimas.
La razón convence, las lágrimas tocan (ablandan) el alma.
El hombre es capaz de cualquier heroísmo, la mujer, de cualquier sacrificio.
El heroísmo ennoblece, el sacrificio convoca lo sublime.
El hombre tiene el predominio, la mujer la intuición.
El predominio significa la fuerza, la intuición representa la justicia.
El hombre es un genio, la mujer un ángel.
El genio es inconmensurable, el ángel es inefable.
La aspiración del hombre es hacia la gloria suprema, la aspiración de la mujer es hacia la perfecta virtud.
La gloria hace a todo grandioso, la virtud vuelve a todo divino.
El hombre es un código, la mujer es un evangelio.
El código corrige, el evangelio nos hace perfectos.
El hombre piensa, la mujer infiere.
Pensar significa tener un cerebro superior, inferir, sentir, significa tener la gloria en la frente.
El hombre es un océano, la mujer es un lago.
El océano tiene la perla que le adorna, el lago, la luz que lo ilumina.
El hombre es un águila en vuelo, la mujer, un ruiseñor que canta.
El volar significa dominar el espacio, el cantar significa conquistar el alma.
El hombre es un templo, la mujer un altar.
Delante del altar, descubrimos nuestras cabezas, delante del altar, nos arrodillamos.
El hombre se sitúa donde acaba la tierra, la mujer, donde comienza el cielo.
Victor Hugo

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