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martes, 24 de septiembre de 2013

El hogar es la prístina vida instintiva


El hogar es la prístina vida instintiva


El hogar es la prístina vida instintiva que funciona tan suavemente como 
un eje que se desliza sobre su engrasado cojinete, donde todos los ruidos suenan bien, la luz es agradable y los olores nos tranquilizan en lugar de alarmarnos. La  manera en que una pase el tiempo a la vuelta no tiene importancia. Lo esencial  es cualquier cosa que revitalice el equilibrio. Eso es el hogar. 

Allí no sólo hay tiempo para meditar sino también para aprender y descubrir lo olvidado, lo abandonado y lo enterrado. Allí podemos imaginar el futuro y 
examinar también los mapas de las cicatrices de la psique, averiguar sus causas y adónde iremos a continuación. Tal como escribe Adrienne Rich a propósito de la recuperación del Yo en su evocador poema "La inmersión en los restos del naufragio": (14)
Hay una escalera de mano. 
La escalera de mano siempre está ahí 
colgando inocentemente 
cerca del costado de la goleta... 
Desciendo... 
Vine para explorar el naufragio... 
Vine para ver los daños que ha habido 
y los tesoros que se han conservado... 

Lo más importante que puedo decir acerca del momento más oportuno de 
este ciclo del regreso al hogar es lo siguiente: Cuando es la hora, es la hora. Aunque la mujer no esté preparada, aunque las cosas no estén hechas, aunque hoy  tenga que llegar el barco. Cuando es la hora es la hora. La mujer foca regresa al  mar, no porque le apetece, no porque hoy es un buen día para ir, no porque su  vida está limpia y ordenada; no existe ningún momento limpio y ordenado para  nadie. Se va porque es la hora y, por consiguiente, se tiene que ir.

Todas tenemos nuestros métodos preferidos para convencernos de la necesidad de buscar el momento para regresar a casa; sin embargo, cuando recuperamos nuestros ciclos instintivos y salvajes, tenemos la obligación psíquica de ordenar nuestra vida de tal forma que podamos vivirla cada vez más de acuerdo con ellos. Las discusiones a propósito del acierto o el desacierto de la despedida para poder regresar a casa carecen de sentido. La simple verdad es que cuando es la hora, es la hora (15). 

Algunas mujeres nunca regresan a casa y siguen viviendo su vida en la zona zombi. Lo más cruel de su estado exánime es que la mujer actúa, camina, 
habla, se comporta e incluso hace un montón de cosas, pero ya no percibe los 
efectos de lo que ha fallado. Si los percibiera, su dolor la obligaría a solventar el fallo. 

Pero no, la mujer que se encuentra en semejante estado sigue avanzando 
medio ciego con los brazos extendidos para defenderse de la angustiosa pérdida  del hogar. Tal como dicen en las Bahamas: "Se ha vuelto sparat", es decir, su alma se ha ido sin ella y la ha dejado debilitada, haga lo que haga.

En este estado las mujeres experimentan la extraña sensación de hacer 
muchas cosas que no les producen la menor satisfacción. Hacen lo que creen que deseaban hacer, pero el tesoro que sostenían en sus manos se ha trocado en cierto modo en polvo. Es bueno que una mujer en semejante estado tenga esta percepción. El descontento es la puerta secreta que permite acceder a un cambio significativo y propiciador de vida. 

Las mujeres con quienes yo he trabajado y que llevan veinte anos o más lejos de casa siempre rompen a llorar cuando vuelven a poner por primera vez los 
pies en ese terreno psíquico. Por distintas razones que en su momento parecían buenas, se habían pasado muchos años aceptando un exilio permanente de su  patria y habían olvidado lo inmensamente beneficioso que es el hecho de que la lluvia caiga sobre la tierra seca. 

Para algunas, el hogar es el inicio de una actividad. Algunas vuelven a cantar tras haberse pasado varios años sin encontrar ninguna razón para hacerlo. Se 
entregan al aprendizaje de algo que llevaban mucho tiempo deseando aprender. 

Buscan a personas y cosas perdidas de sus vidas. Recuperan la voz y escriben. Descansan. Hacen suyo un rincón del mundo. Toman grandes o extremas decisiones. Hacen algo que deja huella. 

Para algunas mujeres el hogar es un bosque, un desierto, un mar. En realidad, el hogar es holográfico. Se desarrolla en toda su plenitud incluso en un solo árbol, un solo cacto del escaparate de una tienda, un estanque de serenas 
aguas. Se desarrolla también en toda su potencia en una amarilla hoja caída sobre el asfalto, una roja maceta de arcilla que espera la plantación de una raíz o  una gota de agua sobre su tierra. Cuando una mujer se concentra con los ojos del alma, ve el hogar en muchísimos lugares. 

Clarissa Pinkola Estés Mujeres que corren con los lobos

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